Nati viaja en bicicleta desde hace catorce años. En la Navidad de 2012, mientras vivía en Santiago de Chile, decidió salir de viaje y acampar con un amigo, pero esta vez sobre dos ruedas y con rumbo al sur. Esos cuatro días y apenas cien kilómetros bastaron para confirmar una certeza: había encontrado el punto de encuentro entre todo lo que le apasionaba: el cuerpo en movimiento, el viaje, la vida al aire libre y el contacto genuino con la gente local. Al año siguiente, en medio de una travesía por Sudamérica, decidió dejar de lado la mochila para continuar sobre la bici, iniciando un recorrido de muchos meses por Ecuador y Colombia, al que luego le siguieron viajes por Chile y por diversos rincones y provincias de Argentina.
A Nati la mueve la conexión con todo lo que la rodea: las personas, los animales, los ríos, las montañas, las plantas y el paisaje. Para ella, salir a viajar es una excusa para practicar el asombro, abrir el corazón y encontrarse con la belleza y la hospitalidad del mundo. Su forma de habitar el camino se traduce en gestos simples y profundos: pedir permiso a un poblador para armar la carpa en su patio, detenerse a escuchar el paso de una ballena por el canal, aprender a reconocer las hierbas medicinales del camino o sostener la mirada en silencio ante el cruce de una corzuela y su cría.
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